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Educar en igualdad desde la infancia

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Nadie nace machista. Se aprende. Y todo lo que se aprende, se puede enseñar de otra manera.

«Los niños no lloran», «eso es de niñas», «sé una buena chica». Desde muy pequeños recibimos mensajes que reparten el mundo en dos cajas estrechas. A ellos se les pide fuerza y se les prohíbe la ternura; a ellas se les pide complacer y se les recorta la ambición. Ninguna de las dos cajas deja crecer libre a la persona que hay dentro.

Educar en igualdad no es «adoctrinar», como a veces se dice para asustar. Es justo lo contrario: es quitar las anteojeras para que cada criatura elija sin que el sexo decida por ella a qué puede jugar, qué puede sentir o a qué se puede dedicar. Es enseñar que el respeto y el consentimiento son la base de cualquier relación.

La infancia que crece viendo a hombres que cuidan y a mujeres que lideran no necesita discursos: ya sabe que es posible. Por eso el ejemplo de las personas adultas —en casa, en la escuela, en la pantalla— es la herramienta educativa más poderosa que tenemos.

👉 Regala cuentos y juegos sin etiqueta de «niño» o «niña». La igualdad empieza jugando.

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