
Antes que cualquier mercado, hay alguien que da de comer, acompaña y cuida. Sin eso, nada funciona.
Hay una economía de la que casi nunca se habla en los telediarios pero sin la cual ninguna otra existiría: la de los cuidados. Criar, alimentar, atender a quien enferma, acompañar a quien envejece. Ese trabajo, mayoritariamente invisible y realizado por mujeres, es el suelo sobre el que se levantan todos los demás. Sin cuidados no hay trabajadores sanos, ni niñas que aprendan, ni mayores con dignidad.
El problema es que tratamos ese trabajo esencial como si fuera gratis o de segunda: no se cuenta en las grandes cifras, se paga mal cuando se paga, y se da por hecho que «alguien» —casi siempre una mujer— lo hará por amor. Esa ceguera tiene un coste enorme: agota a quienes cuidan y deja desatendidas a quienes necesitan ser cuidadas.
Poner los cuidados en el centro de la economía no es un eslogan: es reconocer lo que de verdad sostiene la vida y repartirlo con justicia, entre hombres y mujeres y con apoyo de lo público. Una sociedad que cuida bien a quien cuida es una sociedad que se asegura un futuro habitable.
👉 Da las gracias —y reparte la carga— con quien cuida en tu entorno. Sostiene mucho más de lo que parece.



