
Existen empresas donde las personas que trabajan también deciden y son dueñas. Y funcionan.
Damos por hecho que la economía es, por naturaleza, una competición de todos contra todos. Pero no es la única forma de organizar el trabajo. La economía social y solidaria —cooperativas, asociaciones, empresas de inserción— demuestra cada día que se puede producir, vender y sostener empleos poniendo a las personas, y no solo el beneficio, en el centro.
En una cooperativa, quienes trabajan o usan el servicio son también propietarias y deciden de forma democrática. Eso cambia las reglas: las ganancias se reparten en la comunidad en lugar de marcharse lejos, las decisiones se toman pensando en el largo plazo y en el territorio, y el empleo tiende a ser más estable incluso en tiempos difíciles.
No es una utopía ingenua ni una rareza marginal: millones de personas en el mundo trabajan así. Apoyar esta otra economía —consumiendo en ella, dándola a conocer, exigiéndole a lo público que la impulse— es apostar por un modelo donde el éxito de unas no se construye sobre la precariedad de otras.
👉 Busca una cooperativa o un comercio social cerca de ti y compra allí una vez este mes.



