
Hay barreras que no se ven, pero que frenan carreras enteras. Reconocerlas es el primer paso para romperlas.
Se llama «techo de cristal» porque es invisible, pero quien choca con él lo nota. Mujeres igual de preparadas, o más, que sus compañeros encuentran un límite difuso a partir del cual los ascensos se vuelven raros y las puertas, pesadas. No es falta de mérito: es un conjunto de prejuicios, horarios imposibles y redes informales de las que se las excluye sin decirlo en voz alta.
El techo de cristal se sostiene con frases aparentemente neutras: «es que ahora no es el momento», «el puesto requiere disponibilidad total», «buscamos un perfil con más peso». Detrás de muchas de ellas se esconde la idea de que el cuidado y la vida personal son asunto de las mujeres, y que liderar es cosa de hombres. Mientras eso no se nombre, seguirá operando.
Romperlo no depende solo de las mujeres: depende de las organizaciones que deciden medir el talento por resultados y no por presencialismo, de los equipos que hacen visibles los sesgos, y de los hombres que renuncian a una ventaja que nunca ganaron en buena lid. El techo se rompe entre todas y todos, o no se rompe.👉 ¿Has visto algún techo de cristal cerca? Cuéntalo: nombrarlo ya es empezar a romperlo.



