
Ni demasiado joven ni demasiado mayor: la edad no debería ser un motivo para excluir.
A las personas mayores se les aparta del trabajo, de las decisiones y de la imagen pública como si su experiencia hubiera caducado. A las jóvenes se les niega oportunidades porque «aún no tienen recorrido». En los dos extremos opera el mismo prejuicio: juzgar a alguien por los años que tiene en vez de por lo que es y aporta. Se llama edadismo, y está tan extendido que casi no lo vemos.
El edadismo empobrece a la sociedad por partida doble: desperdicia la sabiduría de quienes llevan toda una vida aprendiendo y frena el impulso de quienes traen miradas nuevas. Además, nos perjudica a cada cual en el futuro: todas las personas, si tenemos suerte, llegaremos a mayores. Discriminar por edad es discriminarnos a nosotros mismos un poco más adelante.
Una comunidad sana es una comunidad de todas las edades, donde la experiencia y la juventud se necesitan y se enriquecen. Mezclar generaciones —en el trabajo, en el barrio, en la familia— no es un problema a gestionar: es uno de nuestros mayores tesoros.
👉 Pon en contacto a dos generaciones esta semana. La una tiene preguntas; la otra, respuestas (y al revés).



