
No hace falta odiar para excluir. A veces basta con no mirar.
Cuando pensamos en racismo, imaginamos insultos o agresiones evidentes. Pero el racismo más extendido es otro: el de cada día, el que se cuela en un currículum descartado por el apellido, en el portal donde «no alquilan a según quién», en la pregunta «¿de dónde eres de verdad?» a quien nació aquí. Un racismo educado, casi siempre negado, pero igual de real.
Ese racismo cotidiano se sostiene sobre prejuicios heredados que repetimos sin pensar, y sobre la comodidad de mirar hacia otro lado. «Yo no soy racista, pero…» suele ser el principio de una frase que sí lo es. Reconocer que todas las personas arrastramos sesgos no es una acusación: es el primer paso para no dejar que decidan por nosotras.
Combatir el racismo cotidiano no exige grandes gestos heroicos, sino atención y coherencia: revisar nuestros automatismos, no reír la gracia que humilla, alzar la voz cuando alguien es tratado de menos. La convivencia se construye con esos pequeños actos, repetidos por mucha gente.
👉 La próxima vez que oigas un «es que esta gente…», pregunta: «¿qué gente?». A veces basta una pregunta.



