
Las culturas no compiten por un mismo sitio; se enriquecen al encontrarse.
Cada cultura es una manera de mirar el mundo, de cocinar, de celebrar, de cuidar y de despedir. Cuando varias conviven en un mismo lugar, hay quien lo vive como una amenaza, como si la presencia de otra forma de vivir borrara la propia. Pero la cultura no es un pastel con porciones limitadas: nadie pierde la suya porque exista otra al lado.
Al contrario, las culturas se han alimentado siempre unas de otras. Lo que damos por «nuestro de toda la vida» —comidas, palabras, músicas— suele ser fruto de mezclas anteriores que ya nadie recuerda como extrañas. El intercambio cultural no diluye la identidad: la ensancha y la mantiene viva. Las culturas que se cierran no se conservan mejor; se marchitan.
Defender la diversidad cultural no significa renunciar a las raíces propias, sino reconocer que también las de los demás tienen valor. Una comunidad que sabe disfrutar de varias culturas a la vez es más curiosa, más creativa y mucho más interesante de habitar.
👉 Prueba este mes una receta, una música o una fiesta de una cultura distinta a la tuya.



